Creo que no sería del todo equivocado definir la cultura como conjunto de prácticas. Cultura no es lo que la gente piensa, sino lo que la gente hace. Un área cultural se define como un área en la cual las mismas prácticas (desde sistemas de irrigación a formas de parentesco) recurren con frecuencia. Prácticas culturales que a veces se pierden y a veces se mantienen, con resistencia, de acuerdo con su estructura significativa interna (o contextual). Prácticas que se aprenden, aunque no necesariamente se estudien. Se incorporan, a través del juego y de la mímesis, en el cuerpo humano, verdadera tabula rasa en la cual cada cultura imprime sus significaciones. Sólo una niña que ha nacido en Sevilla podrá aprender a bailar sevillanas, sólo un niño nacido en un país musulmán podrá aprender a recitar el Corán (puesto que recitar el Corán es, entre otras cosas, una práctica corporal). Nosotros no podemos porque nuestro cuerpo, aculturado, no se deja ya moldear. Hasta aquí la teoría. Vayamos ahora a los datos. Los datos son una mano (de hombre) en un culo (de mujer), en una foto, en un anuncio, en la revista londinense más conocida del mundo, el Time Out. Un trabajo de campo de más de dos años en Inglaterra me permite afirmar que los ingleses no tocan el culo de las inglesas, o, por decirlo from the woman's point of view, que a las inglesas no hay quien les toque el culo. No señor. Eso es algo absolutamente desconsiderado, muy machista y que sólo hacen los latinos: españoles e italianos sobre todo. Ahora bien, de acuerdo con ciertas intuiciones (¿no es la ciencia un ejercicio de intuiciones?) y tanteos (nunca mejor dicho) me permito avanzar la siguiente hipótesis: "los ingleses se mueren de ganas de tocar culos, y las inglesas, de que se les toque". Esta hipótesis viene reforzada por el hecho de que jamás una mujer, por sorprendida que se haya quedado, me ha golpeado con su bolso después de que yo le palmeara con simpatía, distraídamente (un buen etnógrafo sabe esconder sus intenciones), el trasero (extremo al que en pos de una "descripción densa" me he visto obligado a llegar; todo en nombre de la ciencia, faltaría más). Pues bien, mi hipótesis se ve ahora extremadamente reforzada por los datos que antes he aducido. Se trata de un anuncio de San Miguel. Consiste en una foto tomada en el Patio de Luces de Madrid, en la cual un ciudadano español abraza a una castellana preciosa mientras que con su mano izquierda le agarra el trasero de tal manera que mis palabras no sabrían describirlo. Bajo la foto hay una botella de San Miguel y una frase escrita a mano: Consumed with passion. Lo primero que hay que observar en esta foto es el juego de los estereotipos. Tanto la chica como el chico de la foto son "típicamente" españoles. Son de los que verdaderamente "saben" tocar culos, de los que, como solemos decir, "les sale de adentro". Además, es muy obvio, aunque no podemos oír la música, que están bailando. El baile es la práctica cultural por antonomasia. El baile es el cuerpo mostrando sus posibilidades prácticas, creando un espacio, definiendo y retando audazmente situaciones y distancias personales, expresando el ritmo interno en que la cultura vive al hilo (o en contra) de las restricciones externas. "Para saber de dónde procede alguien no hay que medir su cráneo ni escuchar su lengua: hay que pedirle que baile" decía el célebre antropólogo social Captain Purple. Gracias al enculturamiento que he sufrido en Inglaterra (enculturamiento parcial, por supuesto) me permito aventurar qué piensan los chicos ingleses a propósito de esta foto. Intuyo que les gustaría ser ese chico y poder tocar culos (pues según la primera parte de mi hipótesis: "Los ingleses se mueren de ganas de tocar culos"). Pero no pueden ser ese chico, pues no saben bailar como él ni son españoles ni pueden serlo. Pero ¿seguro que no pueden serlo? ¿Y si probaran San Miguel? Ah caramba. San Miguel abre la puerta de lo imaginario. "Bebe, y serás como él" (o como ella, claro, pues según la segunda parte: "y las inglesas, de que se les toque"). En ese espacio extracomuncativo, mítico, fantástico, fabuloso, onírico, suprarreal, ideal y casi divino que crea la bebida, la embriaguez salvífica, todo es posible, incluso vencer las distancias culturales/corporales y "ser otro", la aspiración humana por excelencia. En este caso, ser el español de la foto, estar en Madrid, poder bailar con una chica y, sin problema alguno, con todo el orgullo y toda la dignidad del mundo, poderle palmear simpáticamente el culito. Que para algo lo tienen, qué caramba. Los ingleses no tocan culos. Los españoles sí. La audacia del creador del anuncio de San Miguel estriba en que no se ha creído la hipocresía superficial de los ingleses cuando afirman que eso de tocar culos es muy feo y muy machista. Ha ido más lejos, ha aventurado la hipótesis que yo también había aventurado (¿tal vez ha contratado los servicios de un antropólogo?), y ha colado en la revista más leída de Londres una foto más que provocativa afirmando que, por mucho que los ingleses y las inglesas consideren poco correcto tocar culos, en otro mundo, un mundo de pasión que sin duda les gustaría vivir (pues a todo ser humano le atrae la pasión), se morirían de ganas de hacerlo. Por supuesto que se cubre las espaldas dejando bien claro que los individuos de la foto son españoles, que no se ofenda nadie (ese mismo anuncio con un chico y una chica ingleses sería "matter out of place", ofendería a los lectores y sería comercialmente un desastre). La foto sigue teniendo así mil lecturas. Para algunos refleja simplemente la barbarie en la que viven los íberos. Pero en cualquier caso, la invitación a convertirse en ellos (la invitación a la barbarie, si quieren) está abierta, se descubre por fin la pócima mágica que permite a los íberos ser como son y bailar como lo hacen y tocarse loc culos con garbo, con gusto y sin problemas de conciencia: es San Miguel. ¡Camarero, dos cervezas, por favor! (to be pronounced with English accent). Un segundo nivel del análisis abundaría en el uso de los estereotipos con finalidades comerciales (aunque debería indicar lo unido que lo comercial va siempre a lo mágico y a lo imaginario). Para esto sirven, y por ello son tan difíciles de superar. La tenacidad de los estereotipos, sin embargo, es otra historia. Londres, diciembre de 1992 |